EL ANTI FUTBOL


A continuación un fragmento de un artículo publicado por La Voz del Interior, su autor, nada más y nada menos que Fernando Savater, a quien empezaremos a mirar desde aquí con recelo, no por detestar el fútbol, sino por lo que piensa de quienes amamos este hermoso deporte, así si el gran Fernando tiene medios para despotricar contra quienes su único pecado fue gustarles el fútbol, nosotros también tenemos derecho a decir “andate a la mierda pelotudo”.

[…] “Con el fútbol, ya ven, hago una excepción. Amparada, desde luego, en los mejores apoyos intelectuales. Cuando el rey Lear quiere mostrar su máximo desprecio por alguien le insulta así: “¡Tú, vil futbolista!” (acto I, escena 4). Yo en cambio le escupiría: “¡Vil espectador de fútbol!”. Porque jugar al fútbol es un ejercicio grotesco y plebeyo (se suele elogiar a los que lo practican con un repugnante: “ha sudado bien la camiseta”), pero al menos resulta en bastantes casos disparatadamente rentable.
Y, como decía el doctor Johnson, “pocas actividades hay más plácidas y recomendables para un hombre que dedicarse a ganar dinero”. En cambio el espectador de fútbol no hace incesantemente más que perder. Mientras los equipos juegan, pierde los nervios; cuando su equipo es derrotado, pierde la compostura y la decencia; pero si su tribu vence, él pierde la cabeza.

Pero cuando hay banderas nacionales de por medio, las cosas aún empeoran. Lo que suele llamarse eufemísticamente “la masa enfervorizada” –en realidad una piara de lunáticos maleducados poseídos por el síndrome patriotero– se entrega al estruendo y la furia hasta extremos que habrían hecho a Macbeth añorar la amable compañía de las brujas. Lo más insoportable son los cantos, los ripios, los “oé, oé, oé…”
Uno puede soportar los estragos de la peste o los horrores de la guerra: ¡pero la estupidez en orfeón, ya es demasiado! Y no hay cura: en Italia acaban de enterarse de que los grandes partidos de su Liga han estado amañados y los árbitros sobornados, pero siguen tan aficionados al calcio como antes…

Tengo no dos, sino dos mil razones para odiar de la manera más desaforada la demencia mundial que se aproxima. Las portadas de los periódicos más serios no hablarán de otra cosa, los noticieros de televisión postergarán por un día las necesarias matanzas para ilustrarnos sobre los vaivenes de esos millonarios en calzoncillos que sudan la camiseta mientras aúllan en las gradas los chacales con estandarte.

En las escuelas de Argentina dicen que van a poner televisores durante el Mundial, porque si no prevén que los alumnos dejarán de asistir a clase. Mientras llegan a Alemania miles y miles de prostitutas, para saciar a los aficionados a las pelotas… ¡Qué asco, que humillación! Y lo peor de todo: durante semanas, yo no sabré de qué hablar con quienes me son más dulcemente próximos…”

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